Cuenta la leyenda que un envalentonado ejército nazarí
asomaba la cabeza por el feudo azulgrana convencido de que con orden, osadía y
agresividad convertirían en crucial una batalla que prometía ser
intrascendente. El general Anquela había trazado un plan que sus soldados
plasmaron a la perfección sobre el campo de los acontecimientos. Enfrente, el
todopoderoso Barcelona, reconocido por la variedad y contundencia de sus armas
pero, muy mermado por las heridas de guerra de la Champions, y quizá
influenciado por la poca fama de su adversario, guardó sus mejores hombres al
inicio.

Conscientes de la longevidad del reto, comprendieron que
sería fundamental la lucha de posiciones, aunque antes, la armada granadina
quiso desafiar a su rival usurpándole el balón, su más preciado tesoro. Como si
de su querido palacio de la Alhambra se tratara, y a imagen y semejanza de unos
rusos que días antes habían intentado reconstruir el muro de Berlín en
Barcelona con la disciplina del ejército rojo, los nazarís plantaron una muralla
para proteger su área. Optaron por concurrir filas por el centro aunque no
descuidaron un solo momento los extremos de esa grandiosa pared, por donde los
soldados enemigos buscarían grietas. Los hombres de Tito buscaron mil maneras
para quebrantar esa férrea fortaleza, atacaban con genio pero sin su genio que
les marcara la senda a seguir para lograrlo. Ya fuera por el centro, por los
lados, el ejército nazarí resistió bien el constante apedreo al que fue
sometido por su potente contrincante y algunos como Borja e Íñigo López
estuvieron directamente expuestos a él. Pero antes de darse la tregua la
sensación era que sus contraataques, sobre todo con un correoso Siqueira por el
flanco zurdo, inquietaban a la retaguardia de los azulgrana. Además, Messi y
Villa, dos hombres de peso, con sus disputas verbales, mostraban a su
enemigo indicios de flaqueza.
El general Tito comprendió que sus pupilos precisaban de
alguien que les mostrara la luz para organizar las acometidas con claridad y
tiró de su capitán para transmitir las nuevas órdenes que variasen el rumbo de
la batalla. Junto con los relevos de Pedro y Tello, unidades de refresco para
los flancos, el Barcelona empezó a marear a las tropas granadinas, que recularon
y comenzaron a ceder terreno, y los apedreos se tornaron en bombardeos. Antes,
pero, de encarar la parte decisiva del envite, la intrépida infantería nazarí
se adueñó por momentos de la bomba con la que el Barça pretendía echar abajo la
fortaleza, el esférico. Era tan sólo un respiro de cara a prepararse para
la ofensiva final que los azulgrana iban a desencadenar.

Los granadinos tiraron de casta para mantener en pie ante esa
área que mimaron como su monumento, pero los culés, con puñales por los costados
que empezaron a abrir una sangría en los flancos, un Xavi que desconcertó al
rival con sus inteligentes movimientos y el apoyo de las masas, lograron
derrribar la muralla.
Fue entonces cuando irrumpió la figura de Toño, el arquero de
los nazarís, que echó el cerrojo a su marco ante los cañonazos de los
azulgrana. Allí se alojaba un preciado honor, que otorgaría a su ejército un
prestigioso distintivo, marcharse del campo de batalla del Camp Nou sin que sus
guardianes consiguieran perforar el arco. Su homólogo, Víctor Valdés no quiso ser menos y
desbarató un tiro de Orellana, en un intento del Granada por saquear el reino
culé.
Xavi, el gran capitán, justificó esa condición y dio a
entender que en un asalto de este calibre no todo es fuerza e ímpetu. Supo que
el equipo necesitaba una llave para abrir ese marco y lanzó un certero misil
colocado a la escuadra, donde parecía hallarse el ojo de la cerradura que Toño
había puesto. Los azulgrana por fin lograban profanar el palacio y llevarse
tres puntos, o lo que es lo mismo, tres lingotes de oro. Con un disparo de
Messi cuya trayectoria desvió Borja Gómez, la resistencia granadina firmó su
capitulación.
Un duro enfrentamiento, pero felices. Así regresan a sus
trincheras los azulgranas, viendo como el otro gigante de esta guerra, el Real Madrid,
queda por el momento aún más rezagado en esta pelea por ser el más fuerte, que,
una vez, más promete ser apasionante.

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