23 meses y 13 duelos después al fin la igualdad se instaló en
el Clásico. En anteriores partidos la paridad entre ambos equipos ya nos había
deleitado pero esta vez alcanzó su máximo exponente, pues ni las matemáticas
osaron cuestionarla. Así quedó reflejado en el luminoso, que vio cómo tampoco
ninguno de los dos gigantes de nuestra Liga escatimaron en goles para brindar
al mundo un espectáculo digno del mejor fútbol. Y es que el aficionado cuando
verdaderamente goza de un partido de este calibre es cuando los contendientes no
se amilanan y sacan su mejor versión. Bueno para Barça y Madrid, mejor para el
fútbol y fantástico para el espectador. En ese sentido la maratón de Clásicos
en los últimos tiempos ha tardado en ofrecer todo aquello que el hincha podía
esperar, en parte debido a la obsesión de Mourinho por amoldar el juego de sus
pupilos cada vez que enfrente se encontraba el eterno rival, pero la necesidad
y la experiencia han acabado por demostrar al luso que a los azulgrana hay que
tutearles. Lo de ayer no fue más que una confirmación.

Pero no sólo los números se contagiaron de ese equilibrio,
también otros aspectos. Como en el individual. Messi y Cristiano por fin
llevaron ese duelo por ser el mejor del planeta a un cara a cara aunque ninguno
logró brillar más que el otro para ganar enteros de cara a desnivelar la pugna
por el preciado Balón de Oro, pese a que el astro argentino no pudo elegir
mejor momento para reencontrarse con el gol. Tampoco uno fue menos que el otro
a la hora de practicar la piedad para con el adversario. El Real Madrid
desperdició una ocasión de oro tras el primer gol de sentenciar al Barça,
mientras los azulgrana perdonaron al final. Magnánimos a partes iguales.
Hasta ese primer tanto los blancos habían manifestado una
notable superioridad. Si bien y como siempre era el Barça el que trataba de
controlar el partido, eran los de Mou los que llevaban el peligro a la portería
de Víctor Valdés. Algo estaba claro: si el ‘Tito Team’ presionaba en campo
merengue, bien, de la contrario, recuperar el balón se convertía en un
suplicio. Buena culpa de ello la tuvo el Madrid. Bastaba combinar con velocidad
para desarbolar la zaga culé, muy frágil e insegura todo el primer tiempo. Ante
esa evidencia, Benzema tendió una trampa en la que cayó la defensa, que dejó a
libre a Cristiano. El portugués tiró de picardía y colocó el disparo en el
poste que cubría Víctor.

Sin tiempo para la reacción el Madrid encadenó otra jugada
con la que pudo dar el estocazo definitivo al enemigo. No fue así. Lo que le
dio fue más bien limosna a cargo de Benzema y después de Di María. El Barça
respiró aliviado. De hecho, los de Tito no pudieron recibir mejor noticia, se repusieron de la lesión de Alves y
renglón seguido Messi certificaba el suspenso de Pepe en cálculo. El central midió
muy mal el salto con Xavi.
El Barcelona encontró la clave que precisaba para variar el
sino del encuentro y se creció. Iniesta deslumbraba con sus destellos y Messi
agrietaba el mediocampo madridista con sus sláloms. Sin embargo el Madrid se
apoyaba en su rigor táctico y en la rapidez endiablada de su contragolpe.
Cuando parecía que la tranquilidad se adueñaba del transcurso del partido, todo
volvió a adquirir un punto de tensión. La polémica también quiso ser partícipe
del empate a todo y Delgado Ferreiro obvió un penalti en cada área.
No tardaron las estrellas en eclipsar este episodio. Messi
accionó el resorte de su zurda para volver a hacer volar sin éxito a Casillas
en un libre directo y Ronaldo replicó tras culminar un formidable pase de Ozil.
Con el de Madeira mermado, el Barça acabó imponiendo su toque para alejar a los
blancos de sus dominios. Dispuso de hasta cuatro ocasiones para dejar herido de
muerte al contrincante en el campeonato doméstico, pero el final ya estaba
escrito. Ocho puntos. Ni más, ni menos. Ni para uno ni para otro. No podía ser
de otra manera en un Clásico en el que la equidad quiso ser la gran
protagonista.

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