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12 sept 2012

ESE ETERNO MOMENTO SOÑADO




 

Andy Murray hizo factible lo que el tiempo parecía haber hecho imposible de conseguir. Las cuatro finales de Grand Slam perdidas con anterioridad por parte del escocés le podían hacer ver esa última ronda de una manera más pesimista o más optimista. O saltaba al tapete consciente de que podía convertirse en el primer jugador en perder sus primeras cinco finales de un major o convencido de que podía empezar a escribir una historia similar a la de su instructor Ivan Lendl, que precisó de cuatro derrotas en la cita decisiva antes de coronarse en su primer grande.

Una Artur Ashe vestida de gala para la ocasión fue el escenario donde Andy rompió ese maleficio que ya le empezaba a desquiciar como revelaron sus lágrimas tras perder la finalísima de Wimbledon ante Federer. Hasta ahora el británico estaba plenamente consolidado en ese selecto grupo de los cuatro fantásticos, situados en un escalón más arriba que los Ferrer, Berdych, Del Potro y cía, pero aún le faltaba superar un último obstáculo que le permitiera mirar de frente a Federer, Djokovic y Nadal y que comenzaba a parecer una barrera psicológica más que otra cosa.

Y es que el de Dunblane no destaca sobremanera en ninguna de las facetas del tenis, pero no es menos cierto que no se advierten debilitades en ninguna de ellas como sí se puede observar en jugadores como Rafa Nadal (el servicio en el caso del balear), lo que le convierte en un jugador muy completo.  Aun así, si en el palmarés el discípulo de Lendl acusaba el tener o no tener un Grand Slam, en el juego sus expresivos gestos siempre dejaban entrever una fragilidad mental que le impedían presumir del carácter ganador que todo campeón debe tener. Y precisamente es la mente la que marca la diferencia en este deporte.

La final de ayer nos deparó un duelo en la que imperó más la cuestión mental que la técnica. Las ráfagas de viento una vez más quisieron tomar parte del espectáculo, aunque no con la intensidad de las semifinales. Lo que sí marco el ritmo del partido fueron más bien las ráfagas de confianza de uno y otro, que también tuvieron que enfrentarse al cansancio que supuso disputar una final de casi cinco horas de duración, resultando la segunda más longeva de la historia, para acabar resolviéndose en 7-6, 7-5, 2-6, 3-6 y 6-2.

El enfrentamiento tuvo un primer set marcado por los fallos de ambos, que dieron lugar a una sucesión de breaks, impropias de un partido de este calibre, del que Murray pareció salir mejor parado, situándose 4-2. Como ya hiciera ante Ferrer, Djokovic comprendió que necesitaba introducir alguna variación en su juego para acabar de carburar y aceptó los largos intercambios que propuso el escocés. En esas, logró equilibrar el set y forzar un tie-break en el que Andy fue mejor.

La segunda manga nos ofreció la mejor versión de ambos. Al serbio pareció afectarle en demasía haber perdido la primera manga y fue entonces cuando Murray demostró por qué es el campeón olímpico. Con 4-0 arriba, incluyendo dos roturas, más el mal momento de Novak, parecía que el camino hacia el primer título de Grand Slam se allanaba más de lo normal.

No fue así. Casi sin darse cuenta, Murray dio pie a la reacción de Djokovic y gracias a ello pudimos asistir a ver al mejor Novak. Con 5-5 el esocés logró salvar la situación y cuando todo invitaba a presenciar una nueva muerte súbita, los fallos del serbio le dieron el segundo parcial.

Se las prometía muy felices el pupilo de Lendl que parecía haber superado con nota la siempre difícil situación que se puede presentar en una final, y si mantenía el nivel, podía empezar a dirigir la mirada hacia el preciado trofeo. En lo que no cayó fue en que el asunto del segundo set aún coleaba. Djokovic pareció acordarse de su remontada en la segunda manga y empezó a creérselo. El díscipulo de Marian Vajda comenzó a tirar fuerte y a soltarse, y lo que es más importante, a sacar esa rabia y esa competitividad que muy merecidamente otorgan al de Belgrado el apodo de ‘chacal’. Se vino arriba justo cuando se vio dos parciales abajo tras un gran segundo set por su parte. Ésa es la diferencia entre el Djokovic de antes y el de ahora.

Murray encajó mal el cambio de actitud de su contrincante y su respuesta fue un aturdimiento que duró hasta bien iniciado el cuarto set. Se metió en el fondo de la pista, empezó a tirar sin convicción y se le encogió el brazo. El escocés se acongojaba con los rugidos del chacal y lo peor, su cara denotaba miedo. En resumen, el apático Andy de las cuatro finales perdidas.

Tras perder el tercer set por un contundente 6-2 y empezar con una desventaja de 2-0 el siguiente, se percibieron indicios de reacción en Murray, igualmente insuficientes para acabar cediendo 6-3. Un imparable Djokovic forzaba la quinta y definitiva manga y dejaba caer otra losa sobre el británico.

En esos momentos era inevitable que a Murray se le empezaran a aparecer los fantasmas del pasado y el miedo a perder otra finalísima le aterrara. Sin embargo, su reacción fue enorme, suficiente para dar el paso definitivo hacia lo que ansiaba ser, campeón de un major. Entre las dos teorías que comentábamos al inicio de esta crónica pareció decantarse por la optimista y salió a con todo y a por todo. Empezó a desmelenarse, a defenderse con uñas y dientes y a frenar el ímpetu del chacal con zambombazos. En un abrir y cerrar de ojos 2-0. Como era de prever Djokovic desató su ira pero con gran éxito y consciente de que cada punto era un pedacito del título, Murray activó el modo pared y quebró por segunda vez el servicio del serbio, que ahora sí que acusaba la fatiga. Se adueñó de la situación y aguantó. El tiempo pedido por Djokovic para ser atendido por el fisio, tampoco evitó el final anunciado que tanto tiempo llevaba esperando el británico.

Ni al ver que la última bomba del serbio se iba fuera dejó de contener la liberación que suponía haber ganado el primer Grand Slam de su carrera. Murray jugó como un grande, reaccionó a lo grande y se estrenó a lo grande.

Tras el superlativo 2011 de Djokovic esta temporada el repartimiento de los majors entre los cuatro mejores del ránking ya es una realidad y se confirma la rotura del duopolio Federer-Nadal y la tremenda igualdad entre ellos, reflejada de nuevo en 2012. Y es que todos han ganado su Grand Slam, incluyendo el de Murray. ¿Será el primero de muchos?


5 comentarios:

  1. Por fin Murray rompió la losa que tenía en las finales de Grand Slam. Esperemos que a partir de ahora explote tenisticamente como lo hizo en su día el serbio.
    Aquí os dejo el enlace de mi blog por si alguno quiere pasarse. Hablo de deporte, economía y política principalmente

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    1. Sí, sin duda ese debe ser el punto de inflexión que marque la explosión de Murray que ha sabido sobreponerse a cuatro finales de Grand Slam perdidas. Si Nadal vuelve por sus fueros, aunque en tan corto periodo de tiempo es complicado, vamos a ver una gran Copa Masters. He pasado varias veces por tu blog y me parece de lo más interesante y completo que hay. Saludos!

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  2. ¡Qué grande es Murray! Me encanta como juega este hombre. Parece que poco a poco va despegando. Se lo merece. El oro olímpico y este Grand Slam le darán una confianza en sí mismo brutal, probablemente lo que necesitaba. Apuesto a que si la final de Wimbledon se disputara ahora, ni si quiera Federer sería capaz de derrotarle. Gran artículo.

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    1. Muchas gracias! La verdad es que sí, es un gran jugador que sólo le faltaba ganar ese grande para acabar de despegar y decir aquí estoy yo. El oro olímpico sin duda le ha ayudado y por su prestigio se puede considerar como un Grand Slam más, pero lo que verdaderamente le dará alas será el haber ganado el US Open, en el que se marcó el camino a seguir con su reacción en el quinto set. Desplegó un gran juego en Londres pero allí resolvió la final de manera relativamente fácil ante el suizo, al que aún le queda mucha cuerda. Saludos!

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