Jueves, 2 de agosto. Sexta jornada de los Juegos Olímpicos de Londres. Las pruebas de natación encaran su recta final. Ruta Meilutyte y Ye Shiwen demuestran que la precocidad no tiene límites, 15 y 16 años respectivamente. No tanto Yannick Agnel, que con 20 años anuncia que será uno de los que cumpla con la responsabilidad de llenar el vacío que dejará un Michael Phelps que sigue aumentando su leyenda y se convierte en el deportista olímpico más laureado de todos los tiempos. Pese a que ese mismo día el tiburón de Baltimore competirá para seguir agrandando su mito, reina otra expectación especial. Empiezan las pruebas del otro deporte rey de los Juegos que no quiere ser menos: el atletismo. Por mi parte, acudo lleno de ilusión al aeropuerto para partir hacia Londres y por primera vez vivir de cerca una cita de tal magnitud. Nada más llegar, se presiente el inicio del atletismo, mucho movimiento de atletas, especialmente no españoles, que han decidido ultimar su preparación lejos de su país para aislarse del mundanal ruido.
Empiezo a hacer cola para facturar el equipaje. Veo que llegan un grupo de periodistas, dos con el micrófono preparado. Uno de ellos de TVE, la otra no acierto a ver de que televisión o radio es. Alguien importante iba a venir, pero ni dándole más y más vueltas acertaba a saber quién podía ser. La cola avanza.
‘’Las medallas están complicadas’’ admite el entrenador de la lanzadora de jabalina venezolana Yusbeli Parra. Simpático y sencillo el hombre accede muy amablemente a hablar conmigo, se nota que en este deporte un entrenador no sufre el acoso mediático como sí deben aguantarlo entrenadores de fútbol o baloncesto. ‘’Voy a por todas’’ dice animadamente Yusbeli, que ya se encontraba facturando, cuando ve que le pregunto a su entrenador sobre sus posibilidades. Pero ya en Londres la venezolana se resiente de una lesión y se ve forzada a renunciar a participar. Qué cruel es el deporte a veces. Aunque con ese optimismo no hay duda de que Yusbeli llegará lejos, con 26 años le queda mucho por delante.
Me empiezo a dirigir ya al control de seguridad y veo que empieza a hacer cola un muchacho de color, mediana estatura, esbelto, con su perilla y enfundado en el chándal del equipo olímpico británico. Tiene que ser él, pero las circunstancias del momento hacen que me asalte la duda. Nadie se acerca a él y el reducido grupo de periodistas, aún presentes, tarda en percatarse de su presencia. Aún así, cuando lo hacen, su dubitativo rostro deja entrever lo que se preguntan en ese momento: ¿Quién puede ser ese hombre?. Así pues, decido resolver la duda por mí mismo. Me acerco y le pregunto con mi españolizado inglés si su nombre es el que yo tengo en mente desde hace rato. Su respuesta me confirma que sí, que es él, ni más ni menos que Mo Farah, una de las estrellas del atletismo y candidato a colgarse la medalla de oro tanto en los 5.000m como en los 10.000m. Lleno de entusiasmo me dirijo a él para inmortalizar el momento ofreciéndose uno de sus preparadores muy amablemente para sacar la foto. Tras agradecerle su atención me despido deseándole suerte.
Pero no acaba ahí todo, no, sería el primero de muchos encuentros . Llegan especialmente dos escenas que hacen que mi sorpresa se torne en impacto. Antes de tomar el vuelo voy a comer algo y coincido con él en el mismo restaurante. Veo cómo va seleccionando la comida que tomará. Luego, también le veo sentado esperando que llegue la hora de tomar el avión charlando tranquilamente con sus dos acompañantes. Resulta increíble cómo pasa de desapercibido entre la gente, cómo siendo todo un campeón entre toda la multitud que había es uno más y especialmente, cómo puede ser objeto de tal anonimato en la ciudad que le vio coronarse en sus dos distancias en los Campeonatos de Europa de 2010, siendo junto a Lemaitre el principal protagonista de esos Europeos.
Embarco en el avión y la traca final: él viaja en el mismo vuelo que yo. ¡Y no era el único que se dirigía a la capital británica en ese momento! Entonces se percibe ya un cambio notable, pues los pasajeros son en su mayor parte británicos y, lógicamente, conocen a una de sus opciones de medalla. Se palpa un ambiente jocoso en el avión, Mo Farah se cambia hasta dos veces de sitio y recorre todo el pasillo. No acierto a enterarme qué es lo que ocurre exactamente, aunque la gente lo comenta, mi gran dificultad por captar lo que dice el público inglés supone un gran obstáculo. En el momento del despegue se me pasa por la cabeza lo que puede estar pensando en ese momento al británico de origen somalí, que vuela hacia Londres para hacer historia.
Ya en la capital británica, me encuentro con él de nuevo en la cinta de las maletas. En ese momento te das cuenta de la sencillez de una estrella como él, mezclándose entre la gente para ir en avión o yendo a recoger el equipaje, cuando podría haber elegido volar en jet privado, como suelen hacer otros deportistas mediáticos. Esperando el equipaje, le vuelvo a tener a mi lado y no desperdicio la oportunidad de volver a hablar con un fenómeno del atletismo. Le digo que espero que se imponga él en sus pruebas si ningún español corre mejor suerte. No sé si me entiende pero me responde con su sonrisa, aquella que le hace ser tan carismático. Antes de irse, se hace fotos con personal del aeropuerto y con el piloto. Cualquier baño de masas era poco para el que le esperaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario