Más allá de los títulos ganados hasta
ahora y las ansias por conquistar otros, del botín que ambos equipos acaben
sumando a final de temporada con esos trofeos, a este Real Madrid de José
Mourinho le quedaba aún ganar de modo triunfal un Clásico de esos que queda
marcado a fuego en la historia y recuerdan delicias en la retina de los
aficionados. Lo lograron ayer los blancos con un partido memorable que rayó la
más absoluta perfección de las pretensiones con las que llegaban al reino
azulgrana y superando a uno a uno a los jugadores del Barça en los duelos
individuales. La noticia es que, tras algo más de dos años del inicio de esa incesante
lucha por la hegemonía decidida por el destino y librada por los dos mejores
del mundo, el Madrid por fin ha cobrado ventaja y se encuentra en condiciones
de mirar de frente a los azulgrana y entregarles ese sambenito de víctima que
le colgaron a los de Chamartín desde que su eterno rival empezara a inventar el
mejor Barcelona de todos los tiempos con la llegada de Pep Guardiola.

Fue el encuentro que todos esperaban,
el que técnicos y jugadores tenían en mente, el que hasta el más reacio a seguir
el fútbol podía imaginar. El desarrollo fue el previsible, no así la
resolución, que cuanto menos, fue contundente. Chocaron una vez más dos estilos
tan distintos como respetables, pero esta vez el demoledor contragolpe
madridista devoró el toque preciosista de los culés. Hace tiempo que los
merengues vienen ahogando la fantasía azulgrana, cuyos valedores se ven
obligados a afinar más el sacapuntas en busca de respuestas disuasorias que
quebranten la férrea disciplina de los chicos de Mou. Unos pupilos del portugués que han asimilado los
conceptos de cómo lastimar al Barça de tal manera que ya los aplican de
memoria. Por contra, se empieza a abrir un debate sobre el juego de los catalanes.
Unos dirán que parece un modelo agotado por el tiempo y otros lo atribuyen a un
mal momento puntual por las dudas que han traído al banquillo la marcha
momentánea de Tito Vilanova. Lo cierto es que esta crisis, pasajera o no, ya se ha cobrado un
título y medio.
Y todo a pesar del aceptable comienzo
culé. Los de Jordi Roura no desoyeron las voces que acusaron al equipo de juego
lento e ineficaz ante Milan y Sevilla y los primeros minutos se desenvolvieron
en ataque con rápidas transiciones que a largo plazo podían hacerle
replantearle al Real Madrid lo de disponer una zaga tan adelantada. Sin
embargo, Messi tiró por la borda la oportunidad de asestarle el primer golpe
psicológico a la voluntad de unos blancos que sí fueron certeros en la primera
ocasión para apuñalar el ánimo blaugrana y de un respetable que confiaba
ciegamente en su equipo. Los de Mou lanzaron la contra sin apenas oposición y
metieron a Piqué en la boca del lobo, solo y privado de ayudas ante la
velocidad del portugués. El central cometió un penalti tan espontáneo como
inncecesario y Ronaldo no perdonó.
Regresaban urgencias recientes para
el Barcelona, de nuevo forzado a traspasar un muro que no derribó ante el
Milan, con la pequeña gran diferencia de que si osaba saltarlo por la vía
rápida podía suicidarse ante la electricidad madridista a la contra. Así, se volvió a ver un Barça
monótono e improductivo, con un Iniesta solo, un Xavi sin socios y un Messi
aislado en la mar de jugadores blancos. Apenas un tiro de falta del astro
argentino y un penalti a Pedro que Undiano Mallenco obvió, conformaron el pobre
balance ofensivo de los todavía vigentes campeones de Copa.

Se vio un Barça en la segunda mitad
que quería igualar la eliminatoria a pesar de transmitir de inicio síntomas de
ansiedad, lejos de echar una mirada al banquillo y ver que la solución se
encontraba en la persona de un tal David Villa. No obstante, los azulgrana
contaron con un disparo lejano a cargo de Xavi desbaratado por un Diego López
que no pudo imitar mejor a su homólogo titular en lo poco que se le exigió, y
cuyo rechace fue cazado con más rapidez por Arbeloa antes de que fuera a por él
un jugador del Barça. Una de esas jugadas en las que se echa en falta un
delantero centro.
El que no lo extrañó fue el Madrid en
la jugada que desencadenaría el drama. Fruto de la casualidad o no, un balón
largo con apariencia de despeje se fue envenenando hasta transformarse en un
pase en profundidad que volvió a superar la invisible defensa azulgrana. Di
María bailó a Puyol y Pinto repelió su chute con el sabido desenlace con
Cristiano como protagonista final. El ‘Fideo’ elevó a sobresaliente su notable
actuación hasta entonces, ya que mucho tuvo que ver con que la solidez
defensiva de los blancos abarcara también los flancos. Sus constantes ayudas
por banda amargaron a Jordi Alba.
Aún quiso el Madrid ahondar más en la
herida de un Barcelona que fue lento de reacción al sacar a Villa cuando la eliminatoria
reclamaba un milagro. Varane se elevó por encima de una pasiva zaga culé y puso
la rúbrica con un toque de juventud. Sin palabras lo que ha hecho el francés en
estos dos choques. Abrió la veda del camino triunfal que tenía que seguir el
Madrid, para acabar recordando que él marcó el punto de inflexión con el que
los merengues empezaron a creer. La afición culé empezó a desfilar y se perdió
el testimonial gol de Jordi Alba, que puso algo de decoro a un marcador que hablaba por sí solo.
Volvió el Barça sin más argumentos
frente a las adversidades que la desesperación y sin más respuesta ante las defensas
pobladas que la irracional acumulación de hombres en ataque sin mirar por su portería.
Pero sin duda este equipo insistirá a proclamar su fútbol cuando en unos días el
Milan visite su fortaleza, que ha dejado de ser inexpugnable. Tendrá el Barça
que tomar una portería rival que volverá a ser fuertemente custodiada, esta vez
por el ejército de Allegri. Toca rearmarse de moral y paciencia.

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