El Barcelona lanzó una réplica
aterradora a sus más feroces críticos y detractores y se coloca en cuartos de la Champions pronunciando un claro mensaje: el Barça está de vuelta.
Cuando el ambiente fatalista que siempre ha rodeado al barcelonismo en los
peores momentos y las campanas repicaban anunciando la muerte del equipo de los
récords, los azulgrana afinaron otra vez con sus mejores instrumentos e interpretar on una sinfonía con el balón que embelesó al Viejo Continente como
hace un tiempo no tan lejano lo hacía. Los tres ejes sobre los que gravita el
juego del Barça –Messi, Xavi, Iniesta-, alzaron la voz y dejaron en escombros
la muralla del Milan. ‘La Pulga’ volvió a engrandecerse –si alguna vez se
encogió- escoltado por un Villa que de nuevo expuso argumentos inapelables
sobre el campo para diluir los rumores de su venta.

Se le reclamaba a esta segunda
versión del ‘Dream Team’ una remontada de dimensiones épicas para inmortalizar
aún más a un grupo de futbolistas que dio otro paso de gigante para dar
inmunidad a su sello contra el paso del tiempo. Con el espíritu cruyffista, el
fútbol guardiolista y la indiscutible impronta de Tito el Barcelona arengó en
su arranque con hechos -un juego convencido, bonito y vertical-, al Camp Nou a
vivir una noche inolvidable. Aunque en la penumbra en un día donde los
futbolistas tenían que ser los únicos protagonistas, desde el banquillo –ya
fuera Roura por propia iniciativa o siguiendo la lejana pero presente voz de
Tito- se articuló adecuadamente ese discurso. Villa retornó a su hábitat
natural de ‘9’ y Alves contribuyó con su posición adelantada a hacer menos espeso
el bosque de piernas milanistas. Lo que se pedía para que el ecosistema
azulgrana volviera a respirar armonía.
Partiendo de estas premisas, el
Barcelona inspiró lógica a sus intenciones y jamás fue preso de la pasión. Xavi
fue el reloj que hizo girar a los culés en el sentido idóneo en cada instante
del partido e Iniesta fue el complemento perfecto con su dañina conducción del
balón. A su alrededor, los astros azulgrana sacaban al Milan de su órbita y
demostraron que a veces los grandes problemas requieren soluciones sencillas.
Villa, en su puesto de delantero centro clásico fue el imán que alivió la
atracción de jugadores por parte de Messi y el ruido de Alves y Pedro por banda
atosigó a los italianos. El Barça pasó del complicado y erróneo juego practicado
en San Siro a simplificarlo. Con Xavi como puente de paso obligado, bastaba
abrir a los costados para bombardear a centros el muro italiano o agilizar el
tráfico central con disparo lejano. Así llegaría el primero.
Los azulgrana dejaron para la galeria
un extraordinario contraste de ritmos en una misma jugada. Iniesta y Xavi
lideraron el aparente trote con el que el Barça llegó al balcón del área, donde
Messi soltó un latigazo y abrió el telón a su recital. El gol del argentino fue
el detonante que convirtió al Milan en un esbozo de lo que fue en la ida. Los
de Allegri empezaron a olvidar la solidez de su ejercicio defensivo en el
primer asalto. Ya no eran esa frontera humana inexpugnable, ahora el Barça les
había transformado en inseguros jugadores a merced del conjunto catalán, que
daba más y más vueltas a esa llave que le permitió abrir el cerrojo ‘rossonero’.
Abbiati prolongó la existencia de su equipo con paradas a tiros a media
distancia del ‘6’ de Terrassa y del manchego.

El fútbol es fútbol y se dio uno de
esos episodios sobre el que se proyecta la grandeza del deporte rey. El Camp
Nou, necesitaba eso, una noche mágica. Con todas sus consecuencias. Parecía
razón de un hechizo que los italianos pudieran disipar la magia azulgrana y
Niang lo hizo factible en la única ocasión que la zaga culé perdió la espalda,
pero la fortuna medió con el poste en un guiño que le había negado al Barça en
el Giuseppe Meazza. Leo Messi culminó el final tergiversado de este capítulo
que había empezado con susto y acabó en éxtasis para igualar la eliminatoria
poco antes del asueto.
El Milan salió con la mente puesta en
darse una segunda oportunidad y adelantó líneas en busca de la reacción. La
única respuesta seguía teniendo color azulgrana y el Barça no se cansó de
redundar en su actitud y en su fútbol en busca del tanto del delirio que no se
haría esperar. Después de encontrar a Messi en los dos primeros goles, los
chicos de Roura dieron una vuelta de tuerca más a su imaginación y Xavi abrió a
la derecha para que Villa osara anotar de un precioso disparo con efecto el
chicharro de dentro del área que se había vuelto misión imposible para los
culés. Justo premio al incommensurable trabajo anterior que el guaje había
desarrollado en la fijación de los centrales rossoneros. La labor pasiva de los
grandes nueves.

El gol del asturiano marcó un cambio
de rumbo del choque. El Milan cogió el traje de heptacampeón de Europa y en un
ejercicio de orgullo fue a la busca y captura del único tanto que le bastaba
para reconquistar el camino hacia los cuartos. El Barcelona no vio con malos
ojos resguardar sus espaldas y asumir que tocaba sufrir y contener el glamour
para coger el pico y la pala. Oxigenado por la entrada al tapete de Muntari,
los pupilos de Massimiliano Allegri fueron decididos a por la jugada de la
gloria y con la amenaza de los recién ingresados Bojan y Robinho añadiendo
morbo al asunto. Caprichos del destino, ambos, con la intervención final del ex
azulgrana, participaron en la combinación milanista que pudo petrificar al Camp
Nou.
Porque lo quiso el fútbol, los
catalanes rubricaron la goleada con esa jugada que tanta sangre ha derramado en
los sentimientos de jugadores y afición en el pasado reciente: un contragolpe
de manual, con autoría de Jordi Alba. Confirmada la vuelta de Tito en dos
semanas, el alma de Roura respira tranquila y ve como el chaparrón de críticas
arrecia y la nube que ha convertido en una eternidad su breve paso por el
puesto de máximo responsable del equipo se desvanece. El Barça rescató su versión
apabullante, pero tan sólo bastaron 90 minutos para reestablecer la ilusión en
una temporada abocada al fracaso y la desgracia. El fútbol es así.












